El terapeuta detrás de los mensajes contradictorios

Hay dos temas tratados habitualmente en terapia y crecimiento personal. El primero es la necesidad de aprender a defender nuestras fronteras, límites y ritmo. Hay muchos libros que hablan de la importancia de saber decir “no”.

El segundo es que la creatividad y las cosas mágicas que ocurren fuera de la zona de confort. Así mismo, hay mucha, mucha literatura sobre las ventajas de superar los miedos. Es decir, ir más allá de nuestros límites y no dejar que nuestros miedos impidan nuestro crecimiento.

Bien… ¿cómo integrar estos dos mensajes aparentemente contradictorios? Pues desarrollando un buen criterio para decidir cuando decantarse por uno u otro: decir no a aquello que no nos va hacer ningún bien, eliminando la complacencia, y decir que , superando nuestros miedos, cuando creemos que eso va a valer la pena. En cualquier caso, salir de nuestra zona de confort y vencer a nuestros miedos va a necesitar un esfuerzo y va a ocasionar un desgaste, y la clave está en saber cuando este desgaste puede asumirse.

Así pues, en muchas ocasiones esta decisión es convertible a una cuestión aritmética: valor del resultado previsto menos desgaste para salir de la zona de confort. Este desgaste corresponde a la vulnerabilidad percibida asociada a salir de la zona de confort, que es subjetiva, y fácilmente sobreestimable.

Muchos terapeutas, teniendo claro el valor de sacar a sus pacientes de su zona de confort, los motivan y empujan a traspasar sus límites, olvidando el otro elemento de la fórmula, y su tremenda variabilidad. El desgaste para (volver a) salir de la zona de confort no es siempre el mismo. Vamos a utilizar la metáfora de la fortaleza personal para ilustrar esto.

Imaginemos que nuestra esfera personal es una ciudad amurallada. Necesita muros para detener a todos aquellos que se acerquen con malas intenciones, pero también necesita puertas de entrada y salida para abastecerse de todo lo necesario para la vida en el interior.

Cuando nuestra fortaleza personal no ha sido defendida con éxito y se han ocasionado daños, se produce una merma en la sensación de control. El aprender a decir que no, no tiene otra función que devolver el poder perdido a la persona, a la vez que da tiempo para volver a levantar todo aquello que ha sido destruido. Es decir, cuando yo sepa decir que no a aquello que no quiero, y lo haya hecho lo suficiente como para devolverme la confianza y la tranquilidad perdidas en anteriores invasiones no detenidas a nuestra esfera personal, podré, a entera voluntad, situarme en un estado de apertura que está más allá de los limites que marcan mis miedos o mi zona de confort.

Hay terapeutas que desde el podio de su posición evalúan la cerrazón en la que se encuentran los participantes a seminarios y cursos. “Es que tienes el corazón cerrado”. Pues si te parece, ahora que no he acabado de reparar los destrozos de la última serie de invasiones, me voy a situar en un estado de apertura cuando toda mi atención está aún en reconstruir los muros.

Si precisamente en espacios terapéuticos que anunciamos seguros, cometemos un atropello poniendo por delante los objetivos de la sesión (conseguir una apertura, por ejemplo) a las necesidades del cliente, como narices va a sanarse la gente. Porque una cosa es ir más allá de la zona de confort, y otra es crecer, aprender, o sanarse. Abrirse, muchos se abren, pero se abren como abrimos los mejillones… haciendo palanca o hirviéndolos. Es evidente para mí que esto recrea atropellos anteriores… cuando quizás lo que necesita el paciente es encontrar (muchos por vez primera) un espacio donde se respeten sus límites. Quizás es en busca de eso que el paciente se ha apuntado a tu sesión, curso o taller. Como terapeuta, ya te has preguntado “¿qué necesita realmente esa persona?” antes de interactuar con ella?

La terapia es el arte de acompañar. La sanación es una bonita y deseable consecuencia, y sí, depende de nosotros, pero fundamentalmente depende de como acompañemos. No sirve si somos nosotros, los terapeutas, los que abrimos sus ojos, ampliamos su conciencia, abrimos sus corazones y los sanamos. Esto le corresponde solo al paciente. De la misma manera que una vez he pagado por una hamburguesa en el McDonalds, puedo decidir si me la como, si la tiro o si la vendo, deberíamos entender como terapeutas lo que no nos corresponde. ¿Os imagináis que la cajera del dicho establecimiento se escandaliza porque después de un bocado, hemos decidido que no queremos comernos la hamburguesa, y no tan solo nos obliga a comerla, sino ¡A DISFRUTARLA!? Pues eso es lo que hacen algunos terapeutas. “Tú tienes que salir de este taller con una nueva visión, una consciencia superior o un corazón como un melón.” piensan algunos. Y eso es así, porque si tu disfrutas la hamburguesa (metáfora) yo soy mejor terapeuta. En realidad, como tu salgas de mi seminario habla SOBRE MI. Y aunque eso va a ser siempre así, el problema es poner eso por encima de conseguir unos buenos resultados terapéuticos, a través de un buen enfoque al cliente.

Quizás ese paciente que no quiere entrar en proceso, y que evita algunas de las dinámicas del taller, sencillamente necesita otra cosa de la que estamos dando… pero quiere, y le va bien, estar en el taller. Digo eso, porque sino, se iría. Quizás solo necesita compañía y ver que hay sitios en el mundo que no han perdido la cabeza, aunque a él/ella no le apetezca formar parte de la fiesta ahora. Dejemos de utilizar la presión grupal para inferir lo que “está bien”, apelando a la necesidad de pertenencia o incluso al sentido del ridículo de los rezagados para que hagan cosas que igual les están quemando.

Apertura sí, pero no a cualquier precio. La única apertura que permanece es la que se camina y se decide sola.

La complejidad para el terapeuta (una complejidad que muchas veces no se quiere asumir) reside en ver si la persona que presenta dificultades para abrirse, realmente quiere aprender por su propia iniciativa, pero quizás no sabe como (ahí mostramos las herramientas) o quizás, sencillamente, necesita otras cosas en este momento. Personalmente, creo que el único movimiento válido de apertura es el que se inicia en la persona. Y no vale el “esa persona se apuntó porque quiso, nadie la obligó”.

Hay que saber cuando hay que llevar al paciente al límite, cuando confrontrarlo, con compasión. Eso es todo un arte.

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